Familia: ¿Cómo manejar el divorcio con los hijos?

El tema del divorcio o las separaciones temporales de los padres, siempre produce un alto impacto emocional en los hijos. Es de suma importancia atenuar los efectos consecuentes con una reorganización familiar viable, para evitar que sus consecuencias provoquen un daño irreversible en su desarrollo psico–evolutivo.



Un estudio publicado por UNICEF señala que las consecuencias pueden ir de moderadas a graves, así como de forma transitoria a permanente. Estos factores dependen de:


- Grado del conflicto previo y personas involucradas.

- Co-parentalidad o ausencia parental (crianza conjunta de los hijos).

- Efectos del deterioro económico y del estilo de vida.


Actuamente, los matrimonios duran cada vez menos tiempo, por lo cual es común ver padres que se separan con hijos pequeños y que les espera una larga tarea de crianza. Si bien algunas situaciones requieren de una separación forzada, es importante apoyar a los niños a enfrentarlo de la forma menos dañina. Para lograr esto es necesario que los padres reconozcan las reacciones más comunes de los hijos y cómo actuar al respecto.



Los niños pequeños (entre 3 y 6 años) esperan la reconciliación durante varios años. También creen ser responsables por el divorcio, como si hubieran hecho algo malo. En estos casos, pueden desarrollar conductas regresivas (orinarse en la cama, succionar el pulgar, hablar como bebé o portarse mal), tienen miedo de perder al padre que se va de la casa o que el otro lo abandone también, en general, miedo a que dejen de quererlo. Este miedo al rechazo se transforma en enojo, que manifiestan golpeando o rompiendo sus juguetes, tristeza, depresión, baja autoestima, constantes auto–acusaciones y preocupaciones internas para las cuales, emplean la fantasía de la negación e imaginan que sus padres se volverán a unir, para acabar con esa constante agonía emocional.


Aún durante la infancia (entre 6 y 8 años) los niños idealizan al padre ausente y agreden aquél con el cual conviven, sienten que sus padres son egoístas por no haber conservado la familia, que los han traicionado, el miedo se puede derivar en problemas de conducta porque se sienten abandonados, sienten que no los quieren,. Ahora no pueden usar la fantasía para negar su situación pero tampoco son lo suficientemente maduros para entender el duelo, se distraen con facilidad, pueden a veces convertirse en "cuidadores" de un padre/hermanos o asumir un rol parental en el hogar, tienen pesadillas constantes, niegan la tristeza y la incomodidad inventando historias sobre el padre ausente, pueden tornarse demandantes para compensar lo que les falta. En los "divorcios destructivos" el miedo desarrolla patrones de conducta perjudiciales a largo plazo (mentira, robo o agresión) y cuando la tensión familiar crece, desarrollan síntomas físicos (vómitos, dolor de cabeza, dolor abdominal) que les permite separar a los contrincantes para ocuparse de ellos.


En la pubertad y la adolescencia, también se presentan dificultades para comprender la situación. Los hijos se preocupan por el abandono de los padres, el miedo a perder su amor y protección, así como la inseguridad en ciertos temas de su desarrollo. Pueden desarrollar tendencias perfeccionistas para evitar el miedo al total abandono o buscar acciones de riesgo y caer en adicciones, ya sea por las carencias afectivas o por la idea errónea de llamar su atención. En circunstancias extremas, como en los casos de violencia intrafamilar, puede causar alivio y disminución de estrés, al pensar que los pleitos y tensiones entre sus padres terminan con ello. Aún así, pueden presentarse síntomas de depresión o ansiedad por la separación, desarrollando problemas de conducta o rebeldía.



¿Cómo pueden ayudar los padres a sus hijos frente a un divorcio?


En esta etapa, los hijos necesitan explicaciones en términos congruentes a su edad, para que puedan comprender que no son responsables del divorcio, pero tampoco lo serán de la reconciliación. Los padres deben evitar el rol del niño como "jefe" en la casa o "aliado" en el proceso, pueden aceptar sus sentimientos de enojo o tristeza como naturales, sin involucrarlos en peleas conyugales. Esto ayudará a conservar estables algunos aspectos de la vida de los hijos como sea posible.


Cuando la separación es un hecho y no hay vuelta atrás, es necesario el efecto reparador que produce en los niños (especialmente en los más pequeños) el mensaje dicho por ambos padres: "Aunque ya no vivamos todos juntos, los dos te vamos a seguir queriendo mucho toda la vida y te vamos a seguir cuidando juntos”.


Mostrar apoyo asegurando una y otra vez que los quieren, que será un amor incondicional por siempre, permite a los niños sentirse un poco más relajados. Es bueno demostrarles que verán regularmente al padre que ahora no vive en casa, escucharlos expresar tristeza, frustración y enojo de forma natural, para brindar el apoyo y compresión que cada hijo requiera. Es de suma importancia no hablar mal del otro padre, ya que los niños reciben de forma muy personal cualquier apreciación negativa o injuriosa que recaiga sobre un progenitor. Evitar usarlos como mensajeros, espías o rehenes, así como explicar detalladamente los nuevos arreglos y reglamentos de la vivienda, visitas y otros cambios que sucederán.



¿Cómo enfrentan los niños esta “situación adulta”?


El divorcio es siempre para los hijos una experiencia muy diferente que para los padres. La familia en la cual nacieron, crecieron y vivieron toda su vida se muere,. Aún con sus deficiencias, sentían que esta entidad les brindaba el apoyo y la seguridad que necesitan. En todos los casos esta dependencia es inconsciente.


Cuando los progenitores que se divorcian (aún en casos forzados), sienten culpa y esto los vuelve algunas veces frágiles para cumplir con las funciones normativas. Puede provocar el punto inicial de quiebre para los hijos.


El divorcio se ha instituido para los cónyuges, no para los padres. Por esta razón no existen los "ex hijos" ni "ex padres". Los esposos no se divorcian de sus hijos. Cuando se afecta esta co-parentalidad se conocen como divorcios destructivos y sus consecuencias adversas para los hijos son irreparables. Las reacciones y sentimientos dependen de diferentes factores como la edad, explicaciones recibidas, continuidad de la relación con ambos progenitores, acuerdos o desacuerdos entre los padres, grado de hostilidad entre los mismos, intervención de otros adultos o sistemas, entre otros.



El aspecto menos diagnosticado del divorcio es la depresión en los niños. A menudo están tristes, distantes y esquivos aunque les vaya bien en la escuela. Los síntomas incluyen mal humor, enojo y peleas. Los niños se deprimen, se vuelven irritables, contestan mal, no escuchan y hasta sobresaltan con exabruptos. Es importante reconocer esta depresión por parte de los padres o maestros, ya que los niños no saben enfrentar esta situación en soledad, su desarrollo solo les permite “sobrevivirla”. Requieren de apoyo externo para salir delante de la mejor forma posible.


Otro aspecto sumamente importante a tener en cuenta para el desarrollo saludable de los hijos, es que los padres deben mantener entre sí un diálogo regular, puede ser una llamada semanal que les permita compartir los progresos psico-evolutivos y tomar conjuntamente las decisiones importantes de la vida de sus hijos. Cuando el nivel de hostilidad entre ellos no lo permite, es necesario buscar ayuda psicológica profesional para restaurar o construir en conjunto la co-parentalidad, para equilibrar la salud emocional de toda la familia. Para mayor información, enviar consulta vía inbox.